Al contemplar la obra poética de Raúl Salinas y José Montoya podemos observar varias semejanzas y, por supuesto, diferencias. Mientras que ambos poemas tienen un aire de elegía, los temas tratados en ellos, particularmente el objeto del deseo al que se refiere la voz poética en cada poema, son distintos. Por un lado, tenemos una angustia y una melancolía profunda por los lugares, los barrios, donde anduvo Salinas en su infancia y su juventud. Por otro lado, se nos presenta una elegía más tradicional, aunque por esto no se quiere decir en términos lingüísticos, sino en el tema tratado, la muerte de una persona. Ambos poemas reconstruyen algo o alguien que se ha perdido.
Un Trip Through the Mind Jail es, sin discrepar en nada, una obra maestra—y por maestra, substanciosa y preñada con significado. Por más que predomine el lenguaje coloquial, hay en éste una tristeza—y una ambición—de magnitud cósmica. El poema comienza con panorama extremadamente—el universo—amplio, el cual va cambiando y transfigurándose a lo largo del poema, para luego ir estrechándose en detalles más específicos de la vida y las experiencias de la voz poética. En la primera estrofa, algo gloriosa y universal, Salinas impregna su elegía con un aire de pérdida:
Neighborhood of my youth
demolished. erased forever from
the universe.
You live on, captive, in the lonely
cellblocks of my mind.
El nivel estético aquí, en esta pequeña partícula del poema, es uno de los más altos en todo el poema. Cada verso está formado con palabras que se dirigen a una audiencia universal, y no simplemente a un grupo exclusivo, ya sea éste racial, político, cultural, lingüístico o de cualquier otra índole. Éste es, entonces, un uso muy apropiado del lenguaje más elevado, más universal. Hay varias figuras poéticas, como la metáfora, extraordinariamente rica en significado, de la cárcel. En este caso, esa cárcel viene a ser la memoria humana, que mantiene cautivas las memorias de la voz poética, dándole así una especie de inmortalidad al objeto del deseo en las celdas etéreas de la mente. El resto del poema tiene un dinámica espacial, conceptual y geométrica extremadamente compleja.
La añadidura del estribillo “Neighborhood” es casi como un eje en cada estrofa, alrededor del cual gira cada una de ellas y todo el poema. Siendo el barrio el concepto central del poema, es de esperar que también sea el centro sintáctico y pragmático del poema. Tratándose de una elegía, es también natural que exista esta invocación o apóstrofe. Visto de un ángulo distinto, el poeta también está creando un poema narrativo, que comienza desde las aventuras de su infancia, pasa por las etapas de corrupción—siempre regresando al centro, el barrio—y llega al final glorioso con un sentimiento de dolor y pérdida que recuerda al lector que ésta es una elegía, la muerte del lugar y su reconstrucción o resucitación, aunque sea sólo en la memoria. El poema tiene también otros pasajes que lo hacen memorable y, probablemente, inmortal.
Entre todas las estrofas, las que tienen el mayor clímax sentimental y quizás hasta místico, para este lector, son la primera, la octava la treceava y la catorceava. Existe en estas estrofas un aire metafísico y filosófico, que son temas que definen la buena poesía. En la octava estrofa, aunque saturada por el lenguaje coloquial, existe una elevación espiritual del poeta y una contemplación hermosa de la inmortalidad, la inmortalidad del dueño de un negocio donde la voz poética y sus amigos solían deambular:
Neighborhood of Spanish Town Café
first grownup (13) hangout
Andrés,
tolerant manager, proprietor, cook
victim of bungling baby burglars
your loss: Fritos n’ Pepsi Colas—was our gain
you put up with us and still survived!
You, too, are granted immortality.
Los versos dos tres, cuatro y ocho son de singular belleza y profundidad. De estos cuatro, los tres primeros, que alaban a Andrés, tienen un lirismo cómico y, a la vez, lleno de respeto por el susodicho. Sin embargo, la corona de esta estrofa es el octavo verso que toca los límites de la metafísica y vuelve al tema central del poema: la muerte y la memoria como instrumento de inmortalización.
Llegando al final del poema, con las dos últimas estrofas, tenemos una reflexión profunda y una vuelta de la conciencia de la voz poética a la desaparición del barrio y más tarde los barrios donde esos bloques de memorias fueron formados. Este cambio de emociones vuelve al título del poema, el cual evoca un paseo por las celdas de la mente. Un paseo tiene la cualidad de acabar, ya que uno vuelve a su punto de partida, ya sea éste un lugar o una realidad concreta en el presente. El uso de las figuras poéticas en estas dos últimas estrofas es notable, ya que se presentan varias anáforas e invocaciones, dándole al poema – que ya es una elegía y una narrativa –, trazos inconfundibles de un poema épico, en el que la voz poética se refiere al estrago de sus lugares perdidos. Estamos ante una obra maestra, que no sólo posee la belleza estética requerida para que un texto sea considerado poesía sino belleza filosófica y trascendental:
i respect your having been :
my Loma of Austin
my Rose Hill of Los Angeles
my West Side of San Anto
my Quinto de Houston
my Jackson of San Jo
my Segundo of El Paso
my Barelas of Alburque
my Westside of Denver
Flats, Los Marcos, Maravilla, Calle Guadalupe,
Magnolia, Buena Vista, Mateo, La Seis, Chiquis,
El Sur, and all Chicano neighborhoods that
now exist and once existed:
somewhere…, someone remembers…..
Pasando a otro tipo de elegía, el poema de José Montoya, El Louie, aunque muy bien escrito, no puede acercarse a la tristeza cósmica de La Loma. Sin embargo, es una elegía interesante—y algo cruda comparada a las elegías más tradicionales, por decir la de Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé. Este lector no ha gustado tanto de ella, en comparación al poema de Raúl Salinas, pero vale la pena ver ciertos puntos de intersección y de divergencia en ambas elegías.
En primer lugar, hay que mencionar que la diferencia más grande se halla en el objeto del deseo. Mientras que el poema de Salinas evoca a otros poemas como el de Quevedo A Roma sepultada en ruinas, El Louie evoca a elegías como la anteriormente mencionada de Miguel Hernández. Ésta en, sin duda, una diferencia muy importante. Y aunque estamos comparando a la muerte de un “lugar” con la muerte de una persona, vemos que la muerte del lugar es mucho más sacra, casi mística, que la muerte de individuo. Y es que en verdad los lugares tienen un alma propia, un alma que embarca las almas de todos aquellos que lo habitan o habitaron. Tal es el efecto de ver a un edificio viejo, que uno se siente como que ha visto una época pasada—con todas las personas que lo habitaban, como fantasmas sólo visibles con el ojo de la mente y sin embargo no menos reales—, no se diga todo un barrio que ha sido borrado para siempre del universo. Por otro lado, el individuo del que se ha habla en la elegía de Montoya no embarca dimensiones tan grandes en la memoria colectiva. No obstante, la elegía a Louie tiene cierta belleza—por más que sea eclipsada por las peculiaridades de la poesía que depende demasiado, en su estructura interna del lenguaje coloquial, las costumbres culturales e íconos populares transitorios:
Hoy enterraron al Louie.
And San Pedro o san pinche
Are in for it. And those
Times of the forties
And the early fifties
Lost un vato de atolle.
Es bello el verso y es simpático, pero no tiene esa profundidad del verso de Salinas, la exquisitez melancólica, el terrible sentimiento de pérdida y ese yo poético omnisciente que observa todo desde una lejanía física, temporal y espiritual.
Ambos poemas tienen su belleza única, pero hay que reconocer que La Loma es una obra maestra. La verdadera piedra filosofal es el corazón del lector, y este lector ha amado el poema de Salinas y no tanto el de Montoya. La teoría literaria va tan solo hasta cierto punto y no más: puede servir para hacer un análisis estructural y temático del texto, pero lo que de verdad importa es lo que el lector siente al leer el poema. Tal como un amor a primera vista, la primera lectura de La Loma me ha dejado asombrado, queriendo leer otra vez. Sólo puedo decir buenas cosas de este poema tan lindo, mientras que al de Montoya si lo puedo criticar un poco. En cierta forma, Salinas me recuerda a Walt Whitman por su voz poética omnipotente, omnisciente y omnipresente. Lamento que haya ido al reino del más allá mientras escribía yo este ensayo. Quizás ahora, desde el más allá recordará su trayectoria por esta tierra, ya no en celdas solitarias de la memoria sino en libertad absoluta.

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